Una reunión peculiar … – Segunda parte

Nos quedamos justo uno ante el otro, mirándonos callados y casi a la misma altura, pues mis tacones son bastante altos, para ponerme a la altura de mis superiores cuando tenemos reunión importante. De repente sus manos recorren las mangas de mi camisa de seda y se dirigen hacia mi cuello, aunque antes se posan sobre mis hombros y como haciendo un impulso, su cara se acerca más y más a mí, hasta quedar nariz contra nariz; así que abre la boca y en un susurro me suelta la siguiente frase:

– “Desde que te he visto entrar por la puerta, me han venido ganas de besarte. Tienes algo que me atrae y que es como si te conociera de toda la vida. No sé cómo explicarlo, creo que tú también has sentido lo mismo, créeme, nunca abordo de esta manera a las chicas guapas de ninguna oficina y actúo así”-.

Lo cierto es que a cada hora que pasaba, me sentía más atraída por él, pero intentaba desviar mi mente para solucionar el tema que me había hecho ir a allí, ¿por qué durante todo este tiempo he tenido la mente tan nublada?, es que soy una estúpida, no sé qué hacer ahora, yo me iría corriendo, pero me está barrando el paso… Y mientras mi cerebro intentaba dirigir mi cuerpo hacia la chaqueta, William me besó apasionadamente, los brazos que aún estaban apoyados en los hombros, bajaron hasta mis antebrazos y se posaron allí hasta después de aquel mágico beso que, al cabo de unos segundos, minutos… se convirtieron en hambrientos y desesperados. Sus brazos no paraban de moverse y de posarse en todos los sitios de mi cuerpo: los brazos, la cara, el pelo, la espalda, hasta deslizarse por la parte baja de la espalda y posarse justo en el comienzo de las nalgas. Lo cierto era que él desprendía magia en cada uno de sus movimientos, y aunque me intentara deshacer de él, que no lo quería, era imposible porque me hechizaba. Me llevó hasta el sofá que estaba justo delante de la chimenea, no sé si era él o es que todo desprendía una magia sin igual, pero nos sentamos allí los dos y empezamos de nuevo nuestro ritual de besos, esta vez fui yo la que buscó sus labios, tan suaves y carnosos. Como mi estúpida falda no me dejaba sentarme en su regazo con las piernas abiertas, me senté con las piernas juntas mirándole y empecé a besarle el cuello y él, por la tensión del momento, empezó a deshacerme la cola y a tocarme el pelo de una forma, me desabrochó la camisa y me la quitó sin miramientos. No me di cuenta, pero el salón estaba cerrado y nadie podía entrar, ni salir; fue él quien me lo dijo justo cuando me dejó con el sujetador al descubierto:

-“Eres preciosa” – me dijo, me levantó, me dio una vuelta con mi sujetador de la suerte y mi falda ceñida y me volvió a sentar a su lado.

Justo cuando me había quitado la falda y me estaba besando con apasionante inquietud mientras su mano se deslizaba firme y suave por el pecho, la barriga y …  me desperté. ¡Había sido sólo un estúpido sueño!, pero cuando me di la vuelta para coger otra vez el sueño, allí estaba él, dormido y con una mano en su pecho desnudo mientras las sábanas tapaban el resto del cuerpo.

 

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