Una reunión peculiar … – Primera parte

Las sombras se proyectaban en las paredes del enorme comedor formando una estampa típica de película, en aquella mesa no faltaba detalle alguno: lo que más destacaba era un enorme candelabro situado en el centro acompañado de pequeñas velas que rodeaban la cara cubertería de plata que hacía tantos años que estaba guardada a buen recaudo, junto con los otros recuerdos dolorosos. Cuando el mayordomo se adentró en el salón comedor para anunciarme, el dueño de la mansión estaba posado en la chimenea con cara pensativa, pasaron unos segundos hasta que reaccionó, parecía absorto en algún tema importante, supuse que estaría relacionado con la empresa. Aunque disimuló bastante bien, la extraña expresión que reflejaba al principio, la vi con claridad, su cara desprendía algún tipo de magnetismo que hacía difícil dejar de mirarlo, a parte de su increíble atractivo; puede que la tenue iluminación también jugara a su favor, puesto que con la chimenea y el candelabro no era suficiente para iluminar toda la estancia. Aunque se tratara de una cena de negocios, me pareció peculiar que el señor William me invitara a su casa, normalmente estas cosas se discuten en un buen restaurante, pero como la empresa donde trabajo depende de mí, no quería causar ningún inconveniente en esta delicada transacción, así que me mentalicé que venía en calidad de representante para explicar por qué sería beneficioso realizar una fusión. Como la documentación que guardo en la carpeta que traigo conmigo es muy importante para poder llevar a cabo mi cometido, la redacté y revisé personalmente, para evitar cualquier problema por pequeño que fuera, y como llevo bastante tiempo trabajando en ello y soy la única que conoce de primera mano la situación real de dicha transacción, decidí dedicarme en cuerpo y alma a ello durante toda la semana: recogiendo datos, preguntando a los altos cargos y, sobretodo, poniéndome en contacto con el señor William.

Lo primero que hice al entrar al salón comedor fue caminar directamente y con paso firme hasta donde estaba de pie el dueño de la casa y saludarlo con un apretón de manos y decirle mi nombre, claro. Su mano era firme y suave, una sensación de cercanía recorrió mi cuerpo y de repente noté como si el tiempo se detuviera, lo cierto es que me miraba fijamente y no me soltaba la mano; así que tuve que separarla al cabo de unos interminables segundos, la situación estaba siendo incómoda por momentos. Aunque un ligero cambio se mostró en su expresión, rápidamente desvió mi atención alzando la mano derecha y extendiéndola en el aire, haciendo el típico gesto para invitar a alguien a tomar asiento, en este caso en uno de los sillones que adornaban la sala; así que tomé asiento y adopté una postura formal para dar pie a la conversación. Aunque mi vestimenta era de lo más formal, tenía un pequeño toque informal, el tipo de falda escogida. Para aquella ocasión tan especial, escogí una traje de color negro formado por una americana y una falda de tubo, y para no parecer que fuera a un funeral, me puse una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados, cuya apertura dejaba a la vista aquel precioso colgante que me regalaron y que siempre llevo con él, como un talismán o un recuerdo que nunca me hará olvidar de dónde procedo. Cuando el señor William tomó asiento, noté cómo me miraba con disimulo, no sé si el colgante o mis pechos, prefiero pensar que su mirada iba dirigida al colgante, aunque sí que es cierto que no paró de mirarme hasta que se sentó completamente; otra vez la situación incómoda, por eso prefiero ir a restaurantes, allí el aire es más distendido, se trata de un espacio abierto. Normalmente paso desapercibida y me gusta ser discreta y con esta idea creo que todo el mundo piensa de la misma forma y que tiene que ser igual de discreto; por eso, cuando me enfrento a situaciones así, la incomodidad me desequilibra por completo e intento desviar la atención de la persona con la que estoy, es una táctica que nunca falla, al menos nunca me ha fallado; así que la pongo en práctica… empiezo a hablar y para sacarlo de su ensimismamiento, muevo la carpeta con los documentos, de esta manera ya no me mira a mí, sino que mira la carpeta y así lo vuelvo a atraer al tema de conversación y poder salir de allí lo más rápido posible.

– “Buf, parece que ya ha vuelto en sí”, – me dije, así que continué con la explicación para hacerle entender por qué narices era importante aquella fusión y en qué se iba a beneficiar su empresa . Le enseñé todas las estadísticas, todos los power points y toda la documentación que llevaba conmigo, y al finalizar la explicación, que me llevó una hora escasa, me miró, se levantó y lo único que dijo fue:

– “Ah, lo siento, debería haberte ofrecido una copa de algo antes de nada, debes de estar sedienta”. –

Con la mejor de las caras que aquel momento me permitía, le contesté: – “No se moleste señor William”-

No funcionó, fue al mueble bar, y me ofreció una copa de … realmente no soy muy buena en esto, creo que era una copa de vino tinto afrutado, bastante bueno y dulce, pero que realmente me importaba poco, sólo quería saber qué era lo que pensaba de mi exposición, pero parecía que mi pregunta iba a tardar bastante en ser respondida. Después de la copa, y de dos intentos de centrarnos en el tema, nos sentamos a la mesa para tomar la cena; no me había fijado del todo hasta a aquel momento, pero el tío era bastante atractivo, aunque me llevara unos 15 años de más, lo cierto es que tenía algo que llamaba mucho la atención pero no lograba discernir qué era, ¿tal vez sus ojos de color caramelo, su barba de dos semanas, sus labios…? sabía que era algo de su cara pero no lograba entender de qué se trataba.

– “Se ha quedado usted boquiabierta, señorita…” –

– “Graham, perdone, Sarah”-

– “Oh, cierto, Sarah”, ¡qué nombre tan fascinante!, ¿sabe una cosa, señorita Sarah?, usted podría trabajar para mi empresa, de hecho le pagaría bastante más que ese aprendiz de pez gordo de su empresa”-

-“¿Cómo dice señor?, no, no, no sé a qué viene esto, pero le aseguro que estoy bastante a gusto trabajando con el señor Adrian, así que por favor, dígame lo que piensa de la exposición que le hecho, así podremos olvidarnos de todo este asunto lo antes posible. ¿No cree señor William?” – Lo cierto es que cuando acabé esta última palabra una angustia invadió mi cuerpo, con los ojos abiertos empecé a buscar excusas tontas para huir de allí, así que me levanté y me fui directa al baño. Dentro del baño, cerré la puerta con pestillo y me puse ante el espejo, me mojé un poco la cara, y me pasé el agua fría por todas partes: por la nuca, la frente, las manos… así hasta intentarme tranquilizar un poco:

– “¡¿Se puede saber qué narices te pasa?! ¿has perdido el norte? ¿desde cuándo te comportas como una colegiala estúpida a la que le tiran los tejos por primera vez? ¿qué ha sido de eso de “No cree señor William?”, cogiendo la copa de vino mientras la mira y le dedica una de las miradas más sexy que me haya podido inventar?”- Así que auto convencida, vuelvo al salón y, en silencio, me siento y vuelvo a intentar desviar el tema de conversación hacia el tema que en aquella noche nos atañe, pero cuando alzo la cabeza para mirar a William, él ya no está allí, está justo detrás de mí. Con un respingo retiro la silla y me levanto lo más rápido que puedo, me dirijo a coger la chaqueta pero él se adelanta con una rapidez señorial y me barra el paso, aunque realmente no utilizaría aquella palabra.

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2 responses

  1. Escrius molt bé!

    March 13, 2014 at 10:49 pm

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